El efecto riqueza

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El efecto riqueza supone cambios en la decisión de consumo.  Los consumidores gastarán una mayor cantidad cuando:  un consumidor es más rico (por ejemplo, cuando sus rentas aumentan), o cuando se percibe a sí mismo como más rico (por ejemplo, cuando tiene la percepción de que su vivienda subió de valor)

En el plano financiero, los ciudadanos deciden cuánto dinero destinan a consumo, a ahorrar y si piden dinero prestado; normalmente, se basan en la información que tienen de su patrimonio y de las rentas que obtienen de su actividad profesional e inversiones. Sus decisiones afectarán a su situación económica en los años venideros, por lo tanto deberán tratar de prever cual será la evolución de su riqueza financiera.

Si tienen un nivel de rentas elevado y no preven riesgo de que disminuyan, estarán mas confiados y serán más propensos a gastar; por el contrario, si temen por su estabilidad laboral o disminuye su confianza en la fortaleza de las inversiones, entonces limitarán sus desembolsos. Es evidente, pues, que se trata de una percepción personal y subjetiva, resultado de la forma de ser de cada persona. De hecho, dos inversores con la misma situación objetiva no tomarán las mismas decisiones de gasto, inversión y ahorro, bien sea por condicionantes de tipo cultural o, simplemente, por su percepción personal de la situación económica, el nivel de aversión al riesgo y sus prioridades.

A la hora de estudiar una decisión de gasto, el consumidor conoce algunas variables: el importe a desembolsar, su renta presente y su patrimonio actual. El patrimonio de cada persona es la suma de sus activos reales (pisos, fincas, vehículos, etc.) y de sus activos financieros (depósitos bancarios, fondos de inversión, acciones, etc.) menos sus pasivos financieros (préstamos y créditos que debe). El patrimonio de cada persona varía con el ahorro de cada ejercicio, es decir, con la acumulación de las rentas obtenidas que no llega a gastar. También puede ocurrir que haya cambios internos en la composición del patrimonio que no afectan al neto total: si se endeuda para adquirir un chalet, por ejemplo, verá como simultáneamente surge una activo real y un pasivo financiero.

Cuando el consumidor debe decidir entre consumo y ahorro, valora su patrimonio y también su previsible evolución futura. Sin embargo, puede ocurrir que la riqueza de una persona se vea modificada por razones distintas a la acumulación de rentas. No nos referimos a un sorteo de lotería, a una herencia o a algún deterioro importante en esos bienes reales. Los activos de las personas tienen un precio de mercado, es decir, se pueden vender, normalmente por un precio distinto al que originariamente costaron; es el caso, por ejemplo, del precio de los pisos o de la cotización de las acciones. De hecho, suele ocurrir que los precios de esos activos aumentan con el tiempo y el titular se encuentra con que su patrimonio ha crecido como por el efecto llamado de capitalización o de actualización, sin haber generado flujos de ingresos de por medio; si la revalorización de los activos ha sido elevada, posee una riqueza adicional que le puede hacer modificar sus decisiones de gasto: es el denominado efecto riqueza.