Los hábitos de consumo y ahorro cambian con la edad

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La gente debe decidir qué parte de su renta destinan a consumo y ahorro, para hacerlo se basa en una serie de variables conocidas: la renta presente, el patrimonio total o el nivel de gasto necesario; y de otra serie de variables de las que no conoce cuál será su importe real y que han de estimar para los próximos años: la evolución de sus ingresos y sus compromisos futuros de gasto. Basándose en estos datos decidirá sobre el consumo y ahorro e, incluso, si debe endeudarse. Lógicamente, la proporción consumo / ahorro depende de su nivel de ingresos pues, al existir un mínimo de subsistencia, sólo podrá decidir sobre la parte no comprometida.

Existe una correlación evidente entre la edad de una persona y sus ingresos, ya que éstos, en términos reales, son crecientes en el tiempo: al comenzar la vida laboral, el salario es menor pero, en la medida que se va adquiriendo experiencia y aumenta la capacitación profesional, el sueldo también irá aumentando. En consonancia con esa evolución biológica y económica, las decisiones de ahorro, tanto en volumen como en productos, también se van modificando progresivamente. Además de este aumento del sueldo, hay que considerar que, las circunstancias y condicionantes de aversión al riesgo, fiscalidad, liquidez, preferencias y diversificación, cambian a lo largo del tiempo; por otra parte, las personas adquieren experiencia y cultura financiera, aunque siempre existe el riesgo de que el inversor se equivoque, independientemente de su edad.

Como demuestran los estudios sociológicos recientes, cuando una persona comienza a trabajar, continúa viviendo en el hogar familiar, y por tanto, no se preocupa mucho por ahorrar. Su nivel de gasto es casi paralelo a su nivel de ingreso y lo más normal es que tenga únicamente una cuenta de ahorro para ingresar su nómina e ir retirando cantidades conforme las necesite: el remanente, si lo hay, suele quedar en esa misma cuenta.

Conforme transcurre el tiempo, los ingresos aumentan y las necesidades de gasto también. Se van haciendo planes de futuro y lo más habitual es adquirir una vivienda. Para ello se genera un excedente que, normalmente, se ingresa en una cuenta vivienda o en otro tipo de producto sin riesgo de las mismas características. Cuando se comienza a pagar las cuotas, los excedentes disminuyen. En esa época se suele tener una cuenta de ahorro y, si hay algún remanente, algún producto como un plazo fijo a corto plazo o fondo de inversión sin riesgo. En esa fase, la fiscalidad del ahorro no tiene mucha importancia porque se obtienen deducciones por otras vías como la inversión en vivienda. Si se decide formar una familia los gastos aumentan y el nivel de ahorro es casi nulo, pero con el paso del tiempo la capacidad de generar ahorro aumenta progresivamente, y lo más normal es ir invirtiendo en productos con poco riesgo por si surge algún imprevisto.

Conforme pasa el tiempo, los hijos van creciendo, la vivienda se ha ido pagando y la economía familiar se estabiliza. Poco a poco, el patrimonio aumenta y se puede empezar a invertir en productos que reporten mayor rentabilidad, aunque sea a costa de soportar mayor riesgo, se empieza a invertir en renta variable, fondos de inversión mixtos etc., ya que, normalmente, son inversiones a largo plazo y las oscilaciones se compensan en el tiempo. En este momento la fiscalidad del ahorro es un factor importante para decantarse por un producto u otro. Por lo general, se invierte una cantidad en algún producto sin riesgo y de fácil recuperación como “colchón” para hacer frente a gastos imprevisibles, puede ser en plazo fijo, renta fija… Y como la edad de jubilación queda ya más cerca que cuando se tiene 30 años, se empieza a invertir en algún plan de pensiones.

En los años previos a la jubilación se ajustan las aportaciones al fondo de pensiones para garantizar un capital determinado y es posible que disminuya el interés por las operaciones más especulativas, volviendo a invertir en productos bancarios clásicos como los plazos fijos o las cesiones.

Cuando se llega a la edad de jubilación, no se pueden realizar nuevas aportaciones a fondos de pensiones y se suele ser más adverso al riesgo, por lo que se prefieren activos financieros con remuneración fija; la máxima preocupación es obtener la mejor rentabilidad del patrimonio, pero sin riesgo. Si los tipos son bajos y la rentabilidad es baja, puede pensarse en invertir en otro tipo de activos como puede ser alguna vivienda para los hijos que, posiblemente, ya estarán en edad de casarse.

Hay que señalar que el ciclo de vida que hemos presentado se refiere a la actividad ahorradora de una persona típica y que habrá mucha gente que, por diversas razones, se aleje de dicho comportamiento medio. Por ejemplo, si la riqueza financiera de una persona es elevada, puede hacer frente a sus necesidades de vida sin problemas y podrá destinar una proporción mayor a invertir desde un principio. También cambia el ciclo cuando se tiene un negocio propio y se prefiere dedicar el ahorro a invertir en el mismo; aunque, en ese caso, también sería razonable esperar que al final de la vida laboral del empresario se decida a venderlo. Como hemos dicho, esto no es más que un modelo, cada individuo tiene sus propias circunstancias y preferencias a la hora consumir y de invertir en unos productos u otros y podemos encontrar decisiones de inversión muy diferentes en personas con la misma edad.