Los riesgos de las actividades financieras

1080

En toda actividad económica y empresarial se asumen riesgos, porque sin riesgo probablemente no habría beneficio, pero en el mundo de las finanzas, dada su especial casuística, es donde el concepto de riesgo adquiere la mayor relevancia.

El gestor financiero ha de saber vivir con el riesgo, en el sentido amplio de la palabra: saber diversificar sus inversiones, controlar y detectar los posibles quebrantos reaccionando con eficacia y rapidez y, llegado el caso, tener solvencia suficiente para asumir las posibles pérdidas.

Una eficiente gestión de riesgos persigue limitar los impactos negativos que pueden ocasionar las inversiones, establecer señales de alerta que permitan tomar decisiones adecuadas en cada situación, facilitar los recursos propios necesarios para cubrir las pérdidas que se pudieran producir por el desarrollo de la actividad financiera y optimizar las rentabilidades ajustadas al riesgo en cada área del negocio.

Tipos de riesgos de las actividades financieras

El riesgo de crédito es el más conocido e importante de todos, ya que las entidades financieras se dedican a prestar dinero a los clientes que precisan financiación y siempre existe la posibilidad de que llegado el vencimiento, el prestatario no pueda hacer frente a sus obligaciones. De hecho, la gran mayoría de las quiebras bancarias que han tenido lugar en España y en el resto del mundo han venido motivadas por la morosidad. Este riesgo está unido al negocio bancario, pero su mayor o menor incidencia (medida por la evolución de dudosos, morosos y fallidos), depende de la profesionalidad de los responsables del estudio, concesión y seguimiento de las operaciones y, en menor medida, de la evolución general de la economía.

Las entidades financieras no sólo prestan dinero a sus clientes; ya que también tienen otras inversiones en títulos de renta fija y variable, bonos y acciones, etc., por los que perciben cupones y dividendos. Esos títulos se compran en el mercado a un precio determinado y puede ocurrir que transcurrido un tiempo el precio de cotización haya cambiado: ahí surge el denominado riesgo de mercado.

Para su medición se emplean metodologías vinculadas al Value-at-risk, que es una estimación estadística de las pérdidas potenciales que puede sufrir una posición en cartera en un determinado periodo de tiempo como consecuencia de variaciones en los precios de mercado, calculadas a partir de la evidencia histórica de las variaciones de los precios durante largos periodos de tiempo; adicionalmente a ello, se calculan también las máximas perdidas posibles ante variaciones repentinas de los precios, anormalmente elevadas respecto a los estudios históricos.

Existen otros riesgos más específicos del sector financiero, como puede ser el riego de interés, que ha adquirido importancia en los últimos años a consecuencia del desarrollo de los procesos de liberalización y ampliación de los mercados financieros y la subsiguiente volatilidad de los tipos de interés.

Este riesgo se analiza estudiando la sensibilidad del balance ante modificaciones de los tipos de interés. Se clasifican los activos y pasivos sensibles a la evolución de los tipos según su vencimiento o repreciación, para determinar el momento de repercusión de la variación de los tipos, y si será antes en los ingresos o en los costes de la entidad.

Por último, se encuentran otros riesgos, como el riesgo de liquidez, el legal, el operativo o el de transacción, comunes a toda actividad de índole económica.

Además, la creciente complejidad alcanzada en los mercados financieros en los últimos años ha supuesto la intensificación y aparición de otros riesgos a los que deben enfrentarse las entidades financieras.

En los departamentos de esas entidades que tienen más contacto con los mercados, normalmente denominados de tesorería y mercado de capitales, se negocia la compra y venta de activos financieros como bonos y acciones, se prestan y toman depósitos interbancarios, se cubre y se especula sobre posiciones de derivados, se cumplen los coeficientes en vigor, se atienden órdenes de clientes, etc. Si a la imprevisible evolución de los mercados añadimos la complejidad inherente a de la operatoria y la necesidad de tomar decisiones rápidas, podemos entender que el nivel de riesgo con el que se trabaja cotidianamente es muy elevado.